Desde el torbellino adolescente: aprendiendo a acompañarlos

A menudo los acusamos de ser caóticos, rebeldes y pasotas. Los adolescentes tienen muy mala prensa entre los adultos que parecen haberse olvidado de cómo veían y sentían el mundo cuando tuvieron su edad. Y es que todo ese torbellino emocional tiene explicación: conocer lo que les sucede es fundamental para comprenderlos y poder ayudarlos como necesitan. En este intenso limbo entre la infancia y la vida adulta, el papel de los padres y de los docentes ha de ser el acompañamiento respetuoso. A continuación, desentrañamos algunos porqués de esos comportamientos adolescentes que son aparentemente tan inexplicables y te damos las claves para saber qué hacer.

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El desafío de la autoridad

A muchos adolescentes les gusta ir a contracorriente y, precisamente, en esa oposición a lo establecido, en ese cuestionamiento de todas las normas que acataron sin rechistar durante su infancia, está el descubrimiento de su propia identidad. Necesitan sentir que existen como seres únicos, distintos de su entorno, de su grupo de amigos y, por supuesto, de su familia. Necesitan buscar qué hay de especial en ellos que les hace ser, justamente, ellos mismos.

Ese cuestionamiento sistemático de todo lo que les rodea se explica, además, porque en esta etapa es cuando evoluciona el pensamiento abstracto. Sin embargo, ¿no es maravilloso ver cómo se desarrolla en ellos la capacidad crítica? Lo que necesitan por parte de los adultos son herramientas para saciar su curiosidad y repensar el mundo aprovechado su inclinación natural a cuestionárselo. Desde TALKK, tratamos de hacerlo posible con iniciativas como el Torneo de Debate Académico o como nuestra Escuela de oratoria para secundaria; espacios donde los adolescentes tienen la oportunidad de expresarse libremente, intercambiar impresiones con sus compañeros y saber cómo se llega a elaborar un argumento fundamentado con el que defender esas opiniones que tanto les gusta blandir ante el resto.

A su vez y sin que suponga en absoluto una contradicción, los adolescentes no sólo necesitan diferenciarse: al tiempo que quieren sentirse únicos, necesitan sentirse también parte de algo. La pandilla y todos aquellos grupos de iguales, en los que se acompañan unos a otros en este mismo proceso, son fundamentales. Sin embargo y, aunque no lo parezca porque parecen dispuestos a oponerse a ella en cualquier cuestión, la familia también lo es. En esta etapa, los padres, conscientes de que siguen siendo una figura de autoridad y un referente para sus hijos al mismo tiempo que saben que sus hijos necesitan cuestionarles como tal, deben adaptarse a cada situación. Y es que habrá veces que los adolescentes acudan a ellos para sentirse seguros y respaldados –situaciones en las que se hará fundamental la escucha y el apoyo por parte de los progenitores- y otras en las que tengan que ponerles límites claros, que los adolescentes también necesitan. En cualquier caso, cada crisis de la adolescencia puede ser vista por los adultos como una oportunidad de intervención, de cambio a mejor y, por tanto, de aprendizaje positivo.

 

Los hábitos caóticos

Este es uno de los comportamientos que más frustra a los adultos: adolescentes que se acuestan tarde, comen a deshora y alternan espacios de gran actividad con horas y horas sin hacer absolutamente nada. Sin embargo, gran parte de estas actitudes son explicables por una mera cuestión biológica: por una parte, el reloj del sueño se retrasa en la adolescencia y la hormona encargada de facilitar el descanso, la melatonina, se libera más tarde que en el caso de los adultos. Por ello, a algunos adolescentes les cuesta conciliar el sueño a horas tempranas. Por otra parte, los atracones de comida –y muchas veces de alimentos procesados, de ingesta rápida- se deben a que necesitan una mayor cantidad de calorías al día que los adultos ya que, durante la adolescencia, se realiza el 25% del crecimiento total y se gana el 40 o 50% del peso definitivo.

            Los comportamientos impulsivos se explican por la búsqueda de la recompensa inmediata –que provoca un aumento de la dopamina- y por una menor percepción de los riesgos. Sin embargo, esta etapa de la vida es un momento excelente para que el adolescente aprenda a que libertad y responsabilidad son dos cuestiones que van ligadas y que, para conseguir ciertos resultados, se requiere un esfuerzo a largo plazo, algo que pueden ayudarle a ver los adultos.

 

Los cambios de humor

Viven en una continua montaña rusa y todas las emociones las experimentan muy intensamente. Y es que en la adolescencia la psique aún no es estable, además de que nos encontramos en pleno proceso de autoafirmación y autoaceptación que vuelve a los chicos y chicas especialmente sensibles a acontecimientos externos. El mejor regalo que un adulto puede hacerles, mediante el refuerzo positivo, es ayudarles a que valoren y potencien aquellas cualidades que poseen (mucho más eficaz que insistir por la fuerza a que eliminen hábitos negativos).

            Lo mejor que podemos ofrecer los adultos que los acompañamos es una educación en valores: ya que cuando se cuestionen absolutamente todo –y no cabe duda de que lo harán- lo que finalmente regirá sus actuaciones será el deseo de actuar según lo que ellos consideran correcto. Por lo que ayudarles a elaborar una base ética sólida es la mejor garantía a largo plazo.

Pero no son sólo los adolescentes los que tienen que aprender, en toda esta transición, qué significa ser adulto. Que no se nos olvide que para nosotros, ellos también pueden suponer una gran fuente de inspiración. Y es que además de rebeldes, caóticos y pasotas, son también absolutamente genuinos, curiosos y creativos y no cabe duda de que tenemos mucho que aprender y recordar de toda esa energía arrolladora con la que ansían acercarse al mundo.